Entre la región y los países. Para pensar en las condiciones de vida de la gente, “América Latina” es una categoría demasiado amplia; dice tanto que finalmente dice poco. Por eso a veces pareciera que “cada país es un mundo”, y que nada que veamos en unos puede alumbrar a los otros. Sin embargo entre la casuística y la región, grupos de países tienen aspectos en común.
Países espejo. Así, en términos de distribución del ingreso, Uruguay y Costa Rica se dan la mano: ambos lejos de ser equitativa, tienen la distribución del ingreso más equitativa de América Latina. Ambos cuentan con una importante presencia estatal (como lo muestra la inversión pública social) y con mercados laborales relativamente formalizados (como lo muestra el aseguramiento).
Ante la pérdida. Ambos son, sin embargo, países en aprietos. Como documentó la reciente encuesta de ingresos y gastos del INEC, el presente está lleno de malas noticias. Muchas personas añoran sentirse “Suiza de América”. Querrían regresar a la época dorada de las casas sin rejas y las puertas sin llave, cuando se jugaba en la vereda, y cuando ricos y pobres compartían barrios, aulas, y clínicas. Y como suele ocurrir, cuanto más se aleja la realidad de ese pasado idílico, más idílico se vuelve… Pero la pérdida de un presente común es innegable. Y en estos dos países la pregunta no es cómo se responde ante la ausencia de integración social, sino cómo se responde ante su pérdida.
Difícil estar en desacuerdo. Parecería que ambos países necesitan mercados laborales más formales y políticas públicas más efectivas. Requieren una revisión de prioridades y adecuación a nuevas realidades como la creciente heterogeneidad de las familias, la decreciente disponibilidad de mujeres cuidadoras de tiempo completo, y la diferenciada capacidad de hacer frente a los riesgos sociales con dinero “constante y sonante”. De todo esto depende la capacidad, cuando menos, de frenar la creciente desigualdad y, cuando más, de revertirla. Es difícil estar en desacuerdo.
Se buscan coaliciones. Por eso creo que la pregunta no es tanto qué hacer para transformar la realidad, sino cómo hacer transformarla. Y la respuesta no pasa sólo por mejorar los programas sociales o, mejor dicho, sí. Pero en países con altas capacidades institucionales y técnicas como Costa Rica y Uruguay, los programas sociales no se mejoran por razones que son principalmente políticas, de lógicas de poder antes que de lógicas técnicas que ofrezcan soluciones pertinentes. Es un asunto de actores con vocación transformadora. Y dado que son más que uno, se trata de coaliciones.
Pero no cualquier coalición puede frenar la creciente desigualdad. Primero, porque la transformación de lo existente suele provenir de quienes sufren el presente o de quienes pierden menos cambiando que manteniendo lo que ya está. Por eso para algunos proyectos de país la integración social es condición necesaria; para otros no. Y no porque unas coaliciones estén hechas de gente buenísima y otras de gente malísima. Es más bien un asunto de ubicación, de legados, y de costumbres de vida. ¿Coaliciones incluyentes y efectivas? Finalmente, no cualquier coalición será capaz de combatir la desigualdad porque no es tan fácil tener la fuerza social, económica y política para hacerlo. En los últimos años, Costa Rica ha tenido experiencias de coaliciones novedosas como Tercera República o CRISOL, compuestas por sectores productivos, laborales y sociales, y más recientemente académicos y culturales. Sin reclamar su monopolio, ambas ilustran que es posible construir coaliciones incluyentes. Pero para ser eficaces requerirán sumar a muchos más. Y para eso habrá que tener muy presente que las coaliciones son, por definición, heterogéneas. Si fueran homogéneas no serían coaliciones.
(El Financiero)
Juliana MartÃnez Franzoni | 16 de Mayo 2006


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