NOTA DEL EDITOR: Tribuna Democrática da la bienvenida a su nueva colaboradora la socióloga Juliana Martínez Franzoni, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales, y docente de la Maestría Centroamericana en Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica. La Dra. Martínez Franzoni escribirá con regularidad.
Los datos. Los resultados que arrojó recientemente la Encuesta de Ingresos y Gastos realizada por el Instituto de Estadística y Censos, muestran un país que ha tenido la rara capacidad de desandar, en tan sólo 16 años, lo que a otros países de la región les ha llevado varias décadas. Así, luego de Uruguay y excluyendo a Cuba, Costa Rica sigue teniendo la segunda distribución del ingreso más equitativa de América Latina. Sin embargo, si medimos la brecha entre ricos y pobres — y a diferencia de Uruguay que tiene una situación estable y de la mitad de los 18 países latinoamericanos que han disminuido esta brecha —, Costa Rica más bien la ha incrementado y a un ritmo acelerado. ¿Qué otro país de la región se ha dado el lujo de retroceder en 20 años lo que le había costado más de un siglo?
Los datos no “hablan”. Testarudos, requieren ser interpretados. Por eso varios analistas debaten actualmente si el dramático aumento de la desigualdad social debería o no preocuparnos. Hay quienes dicen que lo problemático es la pobreza, no la desigualdad, dado que es la pobreza la que ubica a las personas por debajo de umbrales mínimos de vida. Es la pobreza la que deja además a estas personas, sin capacidades básicas, especialmente educativas, para acceder al mercado laboral y, con éste, a las oportunidades que brinda el tener ingresos.
¿La desigualdad como incentivo? Un exponente de esta visión es Víctor Hugo Céspedes, quien nos dice que “la desigualdad no es mala en sí misma” [“¿Brecha social o educativa?”, La Nación, 3 de abril de 2006]. Y con eso nos está diciendo mucho más que lo que el todavía vigente pudor tico permite explicitar: la desigualdad sería una suerte de incentivo para el desempeño, un premio “justo” para un logro “merecido”. Trabaja (o róbale al prójimo de maneras elegantes y sin que te agarren) y tu recompensa será una mayor apropiación de la riqueza que genera nuestra sociedad. Así es que, legítimamente (aunque no siempre legalmente), el 20% más rico de las y los costarricenses, acceden hoy a una proporción mucho mayor del producto interno bruto que hace 16 años. ¿La solución? Que el estado eduque a la población de escasos recursos para que el mercado les dé empleos y salarios.
Claro que la educación es importante. Pero omite esta visión de la realidad lo que es a todas luces evidente: hay en nuestro país vendedores ambulantes con secundaria completa y taxistas con maestrías. Hay que “enseñar a pescar”, dice esta visión… Y aunque llevan razón si la alternativa fuera sólo “repartir pescados”, una se pregunta qué se hace con las cañas cuando hay cada vez menos que pescar y cuando, mientras unos aprenden a pescar con caña, otros se especializan en usar redes cada vez más grandes y cada vez más automáticas.
La desigualdad como castigo. Por suerte hay otra visión: una que ve en la desigualdad el problema principal [“Modelo derrama desigualdad”, semanario Universidad, 6 de abril de 2006] y que considera que su principal causa no es sólo la falta de educación sino la creación de pocos empleos muy buenos y de muchos empleos (mejor dicho, auto empleo), muy malos. Hemos estado promoviendo un modelo de desarrollo que genera el enriquecimiento de pocos y la vulnerabilidad de la mayoría. Consuelo que haya gente pensando en el todo y no sólo en sus partes.
Más allá de los diagnósticos y de un sentido ético elemental que para una parte de la población es cada vez más abstracto, ¿por qué debería importarnos la desigualdad?
La ruptura de la interdependencia. Para mí la respuesta es sencilla de dar y compleja de modificar: la desigualdad es un problema porque amenaza la pertenencia a una comunidad en la que unas y otras personas se necesitan para salir adelante. La desigualdad afecta la interdependencia de aquellas personas que hasta hace un rato formaban parte de un “todo” social. Es cierto que antes éramos más pobres, ¡y mucho! sí, aunque mucho más iguales. Lejos de ser el mundo ideal, ese era un mundo de más reciprocidad.
La desigualdad y más aún, su rápido aumento, rompe equilibrios y reciprocidades. En el lugar de la interdependencia crecen antagonismos nutridos por la ira de quienes cada vez tienen menos y el miedo de los que cada vez tienen más.
Los muros alquilados. Lamentablemente no todos pierden. Si así fuera, la desigualdad sería menos difícil de combatir. Ante el miedo de uno y la ira de muchos, ganan quienes ofrecen condominios cinco estrellas, colegios con cámaras digitales, seguridad, armas y barrios amurallados. Y por supuesto, ganan también quienes ofrecen promesas sin más sustento que la esperanza: los vendedores de “oro por cuentas de vidrio”.
Y, tranquilizadora pero provisoriamente, ganan quienes reemplazan la interdependencia de ayer por muros reales y simbólicos que les protejan de la ira ajena y el miedo propio de hoy.
Claro que por este camino, la pérdida de la reciprocidad pública nos encontrará, exhaustos y faltos de solidaridad, tratando, sin éxito, de escondernos en muros alquilados, cada vez más pequeños, a cada vez un mayor precio.
Juliana MartÃnez Franzoni | 19 de Abril 2006


6 Comentarios
Es un enfoque brillante, principalmente, porque parte de una visión sistémica. La desigualdad es un grave problema porque involucra un aprendizaje sistémico. En los estratos altos donde se acumula más, se genera una tendencia que rompe todos los equilibrios.La desigualdad se refuerza a si misma y salta del consumo opulento y los negocios a la necesidad de más poder para acceder a más negocios. Luego el sistema político se pone al servicio de esos intereses.
Entre otros problemas importantes, ese estado de cosas hace que el sistema sea éticamente inviable y por lo tanto no creible.
Me parece que la idea de la interdependencia como núcleo del modo de vida democrático es interesante y debe elaborarse más, en particular en el contexto de la relación supervivencia-convivencia.
Bienvenida, querida Juliana, a Tribuna Democrática. La claridad de tu pensamiento encuentra un nuevo foro, desde el cual contribuir al crecimiento de esta corriente que busca elaborar alternativas democráticas, frente a este capitalismo voraz e inhumano de los TLC’s y las liberalizaciones.
Muy acertado el artículo, le he repartido en las listas en las que participo, debemos hacer conciencia de la trágica realidad de hoy. La claridad de la exposición merece un reconocimiento sincero.
Estimada Juliana, que placer escuchar tu pensamiento ahora por escrito. Me recordò, tu artículo, un poco la forma de pensar de mi querido profesor de radio Daniel Viglietti, Te felicito y nos vemos en la Radio.
La desigualdad en esta sociedad es parte intrinseca de la democracia, esta esta formulada para que exista y se reproduzca. No se porque cuesta tanto verlo, si es evidente. La estructura misma de la democracia, con sus leyes, sus mecanismos de representacion, su sistema de reproduccion educativa, todo, es para simplemente reproducir una sociedad desigual. Si hay dos casos como Uruguay y Cuba es porque son excepciones, el resto de america latina y el mundo esta literalmente comiendo m…. Hay que ver la democracia no solo a escala local, nacional, sino a escala mundial. O acaso no es evidente la desigualdad entre naciones democraticas en este mundo? De que sirve que hayan unas pocas naciones democraticas equitativas si el resto estan en la miseria. El planteo debe ser de lo global a lo local, el sistema esta podrido desde lo global, y se reproduce en lo local. Buen articulo, pero no vamos a resolver nada con la democracia y las leyes, las constituciones, que solo favorecen a unos pocos, y siguen el mandato global democratico.
Refresca mucho leer por aquí a Juliana. Me parece una voz muy seria digna de escuchar con atención.