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Maras y mareros

Alfonso Chase | 21 de Noviembre 2005

A partir de la aparición de lo que se conoce como teoría del capital social, se ha comenzado a estudiar la existencia misma de las maras, desde las carencias y obsecuencias del entorno social, haciéndose algunas veces dicho análisis solo tomando en cuenta visiones asistencialistas. Las maras son un producto social made in USA: recordar el filme Pandillas de Nueva York, en lo que se refiere a nuestras maras. Han existido desde siempre. Ahora que se les estudia con el anteojo académico, descubrimos maras en la Edad Media vandalizando a los ciudadanos, saqueando casas y hasta iglesias, como un fenómeno de la violencia, mentalizada, hasta convertirla en norma de vida. Los maestros de las maras postodo han sido los pandilleros norteamericanos pero, como suele suceder, las centroamericanas superaron a sus profesores y han establecido un modo de vida, muy especial, por no decir: siniestro. Las primeras maras se ubicaron en Los Angeles, allá por los años ochenta (1985), en lo que podía definirse como “pandilleros”, con estrechos lazos con las bandas mexicanas, sobre todo las del D.F., o pandillas chilangas, que tenían nombres folclóricos, como los Hijos de la Chingada, Los Niños de Zapata, o los Servidores de Tláloc y fueron estudiadas por ilusos sociólogos aficionados, principalmente troskistas, como material político para ser captados para la revolución social. Pero a los mareros les interesaba la política un pepino y sólo se sentían atraídos por el sentido de pertenencia a la “raza”, más abajo del Río Grande. Las variables del capital social, tendencia a la moda, han sido usadas para comprender la presencia de las maras y su supervivencia, primero como elementos activos en los Estados Unidos, y luego como deportados a sus países de origen: El Salvador, Guatemala, Honduras y en algunos casos a México.

El marerismo se convirtió en un estilo de vida a partir de los años noventa cuando las deportaciones se incrementaron, pero en la Unión Americana subsistieron, y existen todavía, maras organizadas en Los Angeles, Chicago, Washington D.C. y prácticamente pasaron a la clandestinidad, o tuvieron bajas ostensibles, debido al temor de caer presos en cárceles norteamericanas.

Los mareros se expresan por el cuerpo, cubierto de tatuajes, con nombres alusivos a su vida personal, a la religiosidad popular o a sus lugares de origen. Cubren con ellos su identidad para convertirse en otros, lejanos de lo cotidiano, pero para afirmar su propio yo, del cual apenas conocen nombres y apellidos, que son sustituidos por apodos, algunos de los cuales se refieren a animales o a héroes de leyendas urbanas, de su país o de otras latitudes.

Las actividades de los mareros se inscriben en la criminalidad, donde suelen ser implacables, entre la Mara Salvatrucha y la Mara 18, así como otros grupos organizados a los cuales les es casi imposible mantenerse equidistantes entre las dos megapandillas criminales. Con la moda del uso del capital social se analizan las restricciones socio-culturales y económicas de los jóvenes mareros, y algunos líderes no tanto, pero se evita analizar el componente mental de lo que significa ser marero. La violencia es el punto de partida de la actividad de las maras, la cual se ejerce para sobrevivir, mediante atracos cotidianos, mini secuestros, y saqueo selectivo, cuando se presenta la ocasión. El marero se sabe al margen de la sociedad. Esa es su razón para existir. No desea integrarse sino mantener su consciencia de grupo, su lealtad para con los jefes, su fraternidad entre ellos. Siendo una actividad masculina, falocrática, hay sin embargo mareras, la mayoría compañeras sentimentales, y de fechorías, las cuales son sustituidas periódicamente por chicas más jóvenes.

Las maras no son un fenómeno centroamericano. Su origen hay que buscarlo en la historia de los inmigrantes del Istmo a los Estados Unidos, y su tránsito continuo entre sus países y las ciudades del Norte. Según un estudio empírico, hecho en Costa Rica, en los años noventa, 91 y 92, los Estados Unidos deportaron al país unos 13 mareros costarricenses, que intentaron organizar, con los llamados chapulines, bandas criollas. Pero los resultados no fueron exitosos.

Cinco de ellos están condenados en nuestras cárceles, tres murieron en sus actividades, uno se hizo cristiano renovado y el resto se devolvió a los Estados Unidos, conociéndose que uno de ellos fue asesinado en un atraco.

No existen estudios inter-maras, o los que se han hecho se realizan sobre exmareros, los hay, o personas que habiéndolo sido, hoy viven casi escondidos y retirados en sus pueblitos de origen en Centroamérica. Violencia, armas de fuego, puñales, uso de drogas, tatuajes, los expresan en la complejidad de su existencia. Pero no se ha estudiado, como debería ser, la expresión real de su mentalidad en el mundo contemporáneo: vivir la llamada “vida loca”, como afirman con un cierto tufillo existencial.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 21 de Noviembre 2005

1 Comentarios

* #11398 el 3 de Septiembre 2008 a las 08:45 AM Gina dijo:

Hola Lei su artículo y estoy realizando una investigacion a manera personal sobre este fenomeno social. Tiene usted informacion de algun plan de ayuda social que el gobierno este implementando o tenga planeado implementar para ayudar a estas personas? Tomando en cuenta la investigacion que realizo para este articulo, le parece que de alguna manera al gobierno le puede ser util la existencia de grupos mareros en nuestro pais? Muchas gracias de antemano por su respuesta.

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