De la existencia del mercado y las llamadas gratis

NOTA DEL EDITOR: Algunos artículos de don José Calvo son reproducidos en diversos espacios cibernéticos, como La Lista del Partido Liberación Nacional. El texto siguiente fue escrito como una carta al editor de La Lista, Sr. Carlos Revilla. El comentario del Sr. Magallón apareció aquí al final del artículo por él aludido y el del Sr. Gomariz aparece al final de este.

Estimado Carlos:

Gracias por mandarme los comentarios del Sr. Gomariz que toca al primero y de Marcelo al segundo, ambos publicados en Tribuna Democrática. Aquí hay un mérito indiscutible de la high tech que nos permite el free speech y el “encadenamiento” de la comunicación por encima de la censura. Los del Sr. Gomariz contribuyen a mi tema, pues yo no cuestiono la existencia del Mercado Central o del Borbón, y menos el informal de la Calle Ocho. Cuestiono la entelequia que del mercado han hecho los neoliberales como un mecanismo automático cuasi perfecto de asignación de recursos, estabilización de precios y beneficio del consumidor (del consumo conspicuo), si solo dejamos que operen sus leyes. Al mismo tiempo que es el mismo paradigma el encargado de violarlas: queriendo que nos traguemos en la pócima manifestaciones claramente monopolísticas, como manipular la oferta y la demanda donde pueden, fusión de empresas, trato especial a los financistas, y propiedad intelectual. Así como quieren que aceptemos la importación sin aranceles de los excedentes alimetarios subsidiados como ejemplo de la operación del principio de la ventaja comparativa. Para no mencionar la evidente toma de los estamentos del estado por parte de los grandes empresarios. O el hecho flagrante de que ignoran el límite ambiental. Según entiendo, los filósofos ya no aceptarían ni la prueba de su propia existencia que propuso Descartes, pero yo he reconocido desde hace años al mercado smithiano como un caso particular de homeostasis, con el precio como mecanismo de retroalimentación; lo que no significa que no se pueda mejorar el termostato; o travesearlo, de modo que más bien que la mano invisible tenemos a la mano peluda. Dejémoslo así porque hay que leer las dos exposiciones, pero advirtamos que muchos de quienes estuvieron en el campo socialista hacen malabares para justificar su cambio de sombrero, sin mucho “color”, argumentando una evolución que solo justifica el nuevo status quo, o algún salto cuántico de la actividad política.

Con respecto a Llamadas Gratis, eso no era una defensa del ICE, ni vengo yo de las tiendas socialistas, ni los del ICE me la confiarían. Yo nunca abandoné mi defensa del mercado libre, la abandonaron los neoliberales, y ahora me parece que el monopolio a que nos encaminamos con la privatización es mucho peor que el del estado, y que el hecho de que resulte inevitable no lo mejora sino que la empeora, ni eso nos libera de la responsabilidad de denunciarlo. El free speech no está en las llamadas telefónicas, como creen en The Economist, su peor enemigo es la fusión creciente que pone todos los medios de comunicación en las mismas manos, y el poder económico-político que purga periodistas críticos: pregúnteselo a don Armando Vargas Araya, don Luis Paulino Vargas Solís, don Lucko Hilje, don Alberto Salom, etc. O a quienes tienen que moderar su tono para evitar la expulsión.

Creo que podríamos ganar mucho simplificando el lenguaje de la discusión, y perder mucho complicándolo. No es útil entonces culpar al otro de incomprensión de los conceptos del cero o el infinito, que serían la reserva de la élite. Cualquiera entiende que costo cero es lo mismo que gratis; pero yo dije claramente que viniendo de los intereses empresariales, el caso es como el del comerciante que me ofrece una unidad gratis si le compro una docena, y que entonces todos sabemos que el costo de esa unidad no es cero (gratis), sino que está incluido en lo que me cobra por el lote. Pero la intención del comerciante es hacerme creer en la gratuidad de su oferta, y esa era la del artículo de la señora González Campabadal.

El lenguaje esotérico es un indicador y un agravante del cisma social, y puede ser que se fomente al propio, como cuando se nos habla de “tarifa plana” (seguro flat rate), “comunicación virtual, arquitectura de protocolos TCP/IP, infraestructura TCP/IP, operador como una entidad organizacional que administra redes de telecomunicaciones en una área geográfica dada”, etc. Claro que esta es la jerga de la clase económica que convive con esa tecnología, toda importada; a nosotros nos cabe en la cabeza pensar que la tele por cable no cobre “tarifa plana” porque no tenemos tele por cable. Igual que no sabemos hacia dónde están “migrando” los proveedores de servicios. Ojalá no tengamos que migrar nosotros, ni presenciar el horror de otra revolución, provocada por el empecinamiento prepotente.

Pero a veces el lenguaje esotérico se emplea para aparentar sabiduría, como en este ejemplo que nos da Bertrand Russell en Portraits of Memory: “los seres humanos están completamente libres de moldes indeseables de conducta solo cuando ciertos requisitos, que no se cumplen excepto en un pequeño número de casos, han coincidido, a través de algún concurso fortuito de circunstancias favorables, ya sean congénitas o ambientales, para combinarse y producir un individuo en el cual muchos factores se desvían de la norma en una forma especialmente ventajosa”. Que él propone sustituir por este otro “todos los hombres son pillos, o casi todos. Los que no lo son deben haber tenido mucha suerte en su nacimiento o su crianza.”.

En otro reciente artículo de periódico, un profesional en telecomunicaciones nos dice que “el problema con la arquitectura TCP/IP para los operadores de telecomunicaciones es que también permite a terceros ofrecer servicios virtuales sin haber construido la red ni pagado las garantías de calidad supervisadas por un ente regulador”. Esto es también lenguaje esotérico, dirigido supuestamente a los lectores del periódico, que tenemos derecho entonces a una interpretación. Y que yo ilustraría con la conducta del cuclillo (el pájaro cucú), que propone a una pareja de jilguerillos poner también en su nido unos huevos grandotes que mejoren la competencia, con las consecuencias que conocemos. Y todavía en otro artículo que creo cité en Llamadas Gratis, un panegirista de la privatización nos dice que a pesar de todas sus maravillas, son en El Salvador más caras las llamadas que aquí por razón de impuestos, licencias y publicidad, “de lo cual están allí todos muy felices”.

Y aquí es donde la chancha tuerce el rabo, porque el elitismo de la actitud privatizadora y el esnobismo de la high tech no toman en cuenta el número de personas que se benefician o se perjudican, ni la prioridad de los problemas: si 200 millones de personas van a adoptar el tecepipe para el 2010, ya puede Ud. estar seguro de que 100 estarán en los Estados Unidos (ninguna en la inner city) y otras 100 en Europa. ¿Cuántas y quiénes en Arabia, en el Congo Belga, en la Cochinchina… o en Costa Rica? Cuántas tienen aquí televisión por cable y dónde viven? El “invento del diablo” no es el tecepipe, sino la terquedad de imponernos el TLC de doña Anabel sin atención a los perdedores (junto con extremos peores que el monopolio privado eventual de las telecomunicaciones, como convertirnos en una factoría exportadora, el monopolio de la propiedad intelectual, la imposición de su extensión, o la ignorancia absoluta del problema de la seguridad alimentaria ). Según yo entiendo el ICE subsidia los teléfonos de alambres aquí, y no hay ninguna garantía de que eso se seguirá haciendo con el esquema propuesto por la élite. Ahí es donde estará la tragedia. Porque si reconocemos “que se necesita una computadora y la plata para el pago del tecepipe y la electricidad” (y los cables o el nido del jilguero), “y saber leer, y una casa donde meter esos trastos”, o sea lo que entre nosotros muy poca gente tiene, entonces ¿por qué no reconocer que todo eso es prioritario? ¿por qué no empezar reconociendo que en los 20 años de apertura estas condiciones se han deteriorado, y que ya nadie cree en la promesa del goteo que todos vemos como una excusa para darle más privilegios a los poderosos; los que están bajo la aspersión?

Y ya que estamos en ánimo de preguntar ¿Por qué no manifestar nuestras dudas y censuras a un esquema de imposición global, ya que no nos atrevemos a proponer otra cosa que no sea lo que dice Mr. Zoellick? ¿Por qué no reconocer que la mayor parte de la gente de la nave espacial tierra no sabe leer, que casi el 40% de nuestra gente vive al borde de la pobreza extrema, que hay centenares de miles viviendo en covachas en nuestras ciudades, que no tenemos ni infraestructura vial, ni recolección de basura, ni seguridad ciudadana, que no podemos detener la inflación galopante? ¿Por qué no reconocer que sin las prioridades de todos (las mas elementales) no se podrán lograr las mías, en vez de seguir dándole beneficios a unos pocos? ¿Por qué poner la carreta delante de los bueyes? ¿Por qué no abandonar el enfoque hiperbólico del milenio globalista, tan evidentemente absurdo?


COMENTARIO DEL Sr. GOMARIZ

Estimados/as, he visto que hay dos asuntos sobre los que parece que interesa debatir. El primero sobre si la díada izquierda-derecha tiene sentido en el mundo de hoy. El otro asunto sobre si el mercado existe y la izquierda democrática tiene que encarar ese asunto frontalmente. He tomado unos segmentos de mi ponencia para el encuentro sobre el futuro de la izquierda en América Latina, que les adjunto.

1. La diada izquierda-derecha sigue viva.

En todo caso, una manera precavida de buscar una respuesta adecuada a esta pregunta, consiste en asegurarse primero de que la pregunta misma tiene sentido. Desde los años ochenta del pasado siglo, se ha venido agudizando un fuerte debate -no precisamente nuevo, por lo demás- acerca de si la distinción entre izquierda y derecha tiene validez en el mundo de hoy. Y, lógicamente, es en relación con esta distinción que se determina con mayor facilidad una definición general de la izquierda.

Un recuento de los argumentos en torno a la pérdida de validez de la díada izquierda-derecha ha sido realizado por Norberto Bobbio (1995), que tiene el valor agregado de estar hecho desde una posición no extrema sino moderada, pero que defiende la consistencia de esa distinción. Bobbio repasa y pone en cuestión cada uno de los argumentos. Uno muy repetido refiere al fin de las ideologías, que, en realidad, ha sido desmontado por la nueva derecha al darle carta de naturaleza a su propuesta ideológica. Como afirma Bobbio, lo verdaderamente científico es afirmar que “el árbol de las ideologías siempre está reverdeciendo”. Por otra parte, izquierda y derecha no son simplemente ideologías, sino también programas para la acción; es decir, son algo más amplio en términos de propuestas y fuerzas políticas.

Otro de los argumentos refiere a la complejidad de los problemas actuales, que ya no tienen una fácil ubicación en términos de izquierda o derecha: el ambiente, los problemas éticos de la manipulación biológica, los nuevos problemas epistemológicos o artísticos, etc. Dos observaciones pueden hacerse al respecto. La primera, que nunca nadie ha pretendido que todos los asuntos vitales puedan ser captados o interpretados por la díada y no por ello deja de tener vigencia en su verdadero contexto: el ámbito político. De hecho, fue en ese ámbito en el que nació la tan mentada distinción espacio-direccional: la casual circunstancia de que en la Asamblea de la Revolución francesa, los sectores populares se ubicaran a la izquierda y los representantes de la nobleza y la gran burguesía ocuparan los asientos de la derecha. La otra observación que puede hacerse es que muchos de los problemas nuevos pueden tener soluciones que sí refieran a las posiciones de izquierda o de derecha. Entre los preocupados por el ambiente, los conservacionistas a ultranza, por ejemplo, han hecho propuestas que pueden considerarse de derechas, en el sentido de no tomar en consideración las condiciones sociales, de pobreza, etc. de las poblaciones que habitan el entorno; mientras otros ambientalistas pueden asociarse sin problemas a un enfoque de izquierdas.

El otro argumento, asociado frecuentemente con el anterior (y con la idea del fin de la historia), refiere a que los problemas que hoy enfrenta la humanidad se han unificado de tal manera que las soluciones tienen un reducido rango de variación. Esto ha sido muy mencionado en relación con los países medianos y pequeños, cuyos márgenes de maniobra son reducidos en el contexto global; lo que significa que los gobiernos acaban haciendo políticas muy parecidas, sean compuestos por partidos de izquierda o de derecha. Sin desconocer que puede haber un fondo de verdad en esta apreciación, ello no significa que la percepción del problema se haga desde enfoques similares, lo que implicará probablemente políticas con matices distintos o con detalles diferentes, mientras no sea posible un verdadero cambio (y ya se sabe que, muchas veces, el cielo o el infierno están precisamente en los detalles).

El otro argumento sobre la crisis de la distinción izquierda-derecha es la existencia o el aparecimiento del centro o las terceras vías. Bobbio replica sutilmente que la obsesión por el centro no demuestra otra cosa que el mantenimiento de la potencia de la díada. Y de hecho, la existencia del centro refiere al lugar equidistante entre izquierda y derecha, pero dentro de ese correlato. Algo semejante puede afirmarse de las terceras vías, las cuales, de una forma u otra, se ubican o acaban decantándose hacia la izquierda o hacia la derecha. En realidad, algunas terceras vías no buscan el centro, sino una ubicación distinta en una situación polarizada, en la que resultan ser simplemente moderados en ese contexto (sean moderados de izquierda o de derecha).

En ese contexto, cabe destacar el otro gran esfuerzo por discutir la consistencia de la díada en el mundo actual: el conocido texto de Giddens “Mas allá de la izquierda y la derecha” (1994), donde el intelectual británico busca demostrar el contexto nuevo del cambio civilizatorio, para luego acabar haciendo mucha más justicia al subtítulo de su libro: “El futuro de las políticas radicales”. Como ha aclarado Giddens posteriormente, “el sentido de la distinción entre izquierda y derecha sigue teniendo validez”; en realidad lo que él pone en duda es la validez actual de la izquierda radical.

Otro de los argumentos contra la validez de la díada, que menciona Bobbio de pasada, refiere a la moda postmoderna que tuvo bastante fuerza durante los ochenta de rechazar lo que fue denominado como el pensamiento tendencialmente díadico. Y es cierto que durante un tiempo hubo una tendencia en ese sentido (especialmente entre los seguidores del famoso materialismo dialéctico), pero no es menos cierto que el hecho de que la realidad vital y social está llena de composiciones de distinto orden, no excluye que algunas de ellas estén organizadas en díadas.

Entonces, si parece que la distinción mantiene su validez, cabe preguntarse cual es el contenido de esa distinción; lo que, a la postre, permitirá una definición general de la izquierda. Ante todo, es necesario aclarar una connotación histórica que hoy tiene menos validez: con frecuencia se asoció a la izquierda con la idea de innovación y cambio y a la derecha con la de tradición y conservación (de hecho, en muchos países los partidos de derecha se autodenominaban conservadores). Bobbio nos recuerda que el fascismo nos mostró que podía haber revoluciones de derecha, pero es importante subrayar que los actuales neoliberales se plantean como exponentes del cambio, respecto del período basado en la economía keynesiana y el Estado de Bienestar. Es decir, todo parece indicar que esas referencias son insuficientes para identificar la diferencia: en realidad, cuando los antiguos conservadores hablaban de la tradición se referían a un orden establecido que mantenía las desigualdades sociales.

También es necesaria alguna aclaración respecto del valor de libertad. La nueva derecha, sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos, se proclama defensora de la libertad frente al Estado y otras ataduras políticas. El problema consiste en que la libertad que plantea no refiere necesariamente a la emancipación social e individual. Como ya subrayaran los socialistas clásicos, la libertad de vender su fuerza de trabajo no hace necesariamente más fácil al trabajador pobre su realización como ser humano. Por el contrario, la izquierda defiende el valor de la libertad como algo fundamental, pero en un sentido de emancipación humana, es decir de liberación respecto de cualquier subordinación o dependencia, sean estas de orden político, social o económico.

Por eso, el valor respecto del cual parece más clara la distinción entre izquierda y derecha es el de la igualdad. Desde su origen, la izquierda ha puesto el acento en la igual condición de todos los seres humanos, mientras que la derecha ha defendido lo contrario, la idea de que los seres humanos somos naturalmente desiguales, o bien no ha prestado mucha atención a este valor fundamental. Ciertamente, esta noción de igualdad también ha cambiado de connotación con el tiempo: ahora se tienen mayor cuidado que antes en aclarar que igualdad no quiere decir uniformidad o, dicho de otra forma, que la igualdad no se plantea por oposición a la diversidad. Por esa razón, como ha sucedido en materia de género, se utiliza con bastante frecuencia la idea de equidad, para enfatizar que se trata de igual condición de seres humanos que son claramente distintos.

Así, pues, una definición general de la posición ideológica y política de la izquierda refiere a una articulación entre igualdad y libertad que se orienta hacia la emancipación de los seres humanos. Como se apuntó, eso no significa ausencia de diversidad ni tampoco erradicación forzada de las diferencias vitales. Más bien, la operativización de los valores de la igualdad y libertad significan: 1) la lucha contra la desigualdad realmente existente y 2) la actuación contra la conculcación de la libertad que supone con frecuencia la libertad de acción de los más poderosos. Dicho de otra forma, exige justicia social y democracia en los distintos niveles de las relaciones entre los seres humanos.

Esta tradición cultural de la izquierda también ha recibido dos observaciones adicionales. La primera, que se refiere precisamente a las características particulares de cada expresión de la izquierda en los distintos tiempos y lugares, que obliga entonces a utilizar el plural y hablar de izquierdas. La segunda, que ha cobrado relevancia conforme se descubre la aldea global y sus rupturas, que refiere al valor moderno ciertamente postergado en la izquierda, al menos en términos de tematización: la fraternidad. En efecto, la izquierda ha usado mucho más la idea de solidaridad para hablar de las relaciones entre las personas, que la idea de fraternidad. Quizás sea un valor a recuperar en las relaciones entre las distintas culturas e identidades, en un mundo tan desbocado como el presente.

2. El mercado existe.

La propuesta neoliberal no consiste en sostener la utilidad del mercado, sino en hacer de este la lógica de ordenamiento social. Pero parece existir evidencia suficiente como para afirmar que “Se hace patente la conclusión: el mercado por si sólo no genera ni sustenta un orden social” (Lechner y Calderon).

Ahora bien, la evidencia del fracaso de la propuesta neoliberal de hacer del mercado el principio básico de reordenación de la sociedad, parece conducir a sectores de la izquierda latinoamericana a un regreso al rechazo ciego del mercado como instrumento de asignación de recursos. Algo que, desde luego, es mucho más discutible. No es necesario comulgar con las ideologías sobre las mágicas capacidades de autoregulación del mercado o sus supuestas eficacias operativas, para reconocer el hecho de que la supresión del mecanismo imperfecto que es el mercado, hace valer el viejo aserto de que es mucho peor el remedio que la enfermedad. Es cierto que el mercado necesita del Estado para autorregularse efectivamente, pero el intento de sustituirlo por el propio Estado para reasignar recursos se ha demostrado un completo fracaso, del cual la izquierda está obligada a aprender sin paliativos. Y a incorporar ese hecho en el interior de su cuadro valórico, que no se ve afectado centralmente.

(Es decir, cuando José Calvo afirma que el mercado no existe, en realidad lo que plantea es que la ideología que nos asegura que el mercado se autorregula perfectamente es falsa; de hecho el mercado sin regulación del Estado no funciona bien, pero una cosa es eso y otra ser invidentes ante el fracaso rotundo que significa sustituir el mercado por el Estado, algo que es mucho peor todavía).

De hecho, es una constante en la región que los partidos de izquierda que tienen posibilidades de constituirse en opción de gobierno, proponen un programa de lucha contra la pobreza y la desigualdad, pero ninguno se plantea como objetivo la eliminación del mercado. Porque una cosa es la subordinación del mercado a los criterios públicos de bienestar común, y otra, muy otra, plantearse eliminar el mercado; algo, que, a la postre, se vuelve contra esos mismos criterios de bienestar.

Ahora bien, hay que reconocer que la aceptación del mercado como instrumento económico plantea serios interrogantes. En primer lugar, plantea frontalmente la cuestión de si el mercado puede o no desprenderse del capitalismo; o dicho a la inversa: si ya sabemos que el capitalismo no puede sobrevivir sin mercado, cabe preguntarse si el mercado puede existir al margen del sistema capitalista.

Es importante consignar que una reflexión sobre la izquierda no puede detenerse sólo en la discusión acerca del rechazo del capitalismo salvaje que impulsa la propuesta neoliberal. En torno a esto puede haber coincidencia con muchas otras fuerzas políticas, que no se reconocen de izquierda. Pero la izquierda no puede tener únicamente el propósito defensivo de luchar contra el capitalismo salvaje: debe tener alguna idea, aunque sea discreta, sin esa soberbia prospectiva que le ha caracterizado en el pasado, sobre los trazos de un orden social basado en la justicia, la libertad y la solidaridad (valores que siguen siendo sus señas de identidad).

La respuesta que da Przeworski (1995) a la pregunta anterior es positiva: el mercado puede existir en sistemas que no son capitalistas. De hecho, menciona dos perspectivas posibles: el sistema que impulsa la socialdemocracia sobre la base de sus reformas contínuas y lo que denomina “socialismo de mercado”. Este último refiere sobre todo a los experimentos de empresas cooperativas y autogestionarias que tuvieron lugar en algunos países del Este y hoy se desarrolla, con otras características, aceleradamente en China. Pero la dificultad de uso que tiene esta última referencia es que no permite reflexionar sobre un cambio de estructuras manteniendo el mercado, como se plantea en la actualidad.

La perspectiva socialdemócrata ha ofrecido un escenario diferente. A comienzos de los años setenta se originó en Europa una discusión interesante entre economistas de izquierda, incluyendo los eurocomunistas, acerca de cuál podía ser la perspectiva de unas sociedades que, de forma estable, mantenían al mercado como un elemento subordinado de formación de la demanda. Si el mercado se subordinaba cada vez más a la concertación entre capital y trabajo y a las orientaciones vinculantes del sistema político, surgía una interrogante: ¿podría hablarse en el futuro de sociedades capitalistas o, por el contrario, se estaba entrando en algún tipo de sociedad transicional o simplemente diferente? Ciertamente, lo que ha sucedido desde entonces se ha orientado en una dirección bastante opuesta, pero ello no resta validez a la reflexión de comienzos de los setenta en el caso de que las condiciones del desarrollo del Estado de Bienestar hubieran seguido avanzando. Y, definitivamente, esa discusión constituía una señal de que las políticas socialdemócratas podrían convertirse en algo más que la simple administración del sistema establecido. Dicho en breve, todo indica que establecer reformas en términos de justicia social, acaba teniendo efectos pertinentes de carácter sistémico.

Ahora bien, mantener el mercado como instrumento económico, aunque sea en economías mixtas, especialmente si se basan en recursos finitos, plantea siempre la posibilidad de la crisis económica y/o de las oscilaciones cíclicas. Es decir, significa cabalgar sobre un ágil potro, que, por muy domado que parezca, nunca se domina por completo.

Como puede captarse, esa reflexión es válida para los mercados nacionales, pero tiene hoy una dimensión superlativa en el contexto de la globalización. Ciertamente, esto plantea un dilema: podemos rechazar el discurso y la estrategia neoliberales, pero si se acepta el mercado ¿es realista o incluso bueno rechazar hoy el comercio global? Es ya una evidencia que, si los mercados relativamente cerrados son difíciles de manejar, mercados completamente abiertos son notablemente menos manejables. En realidad, la globalización de los mercados plantea descarnadamente la disyuntiva: buscar por diversos medios la protección del mercado nacional o subirse a la lógica de la mundialización de los mercados. La izquierda ha ensayado desde hace veinte años la primera fórmula (Francia, Alemania, Suecia, sin mencionar algunos ejemplos dramáticos en la región) y no parece dar resultado en el terreno propiamente económico. La tercera vía británica se orientó hacia el lado opuesto y no presenta malos indicadores económicos, pero ha descubierto una paradoja: si no quiere que los indicadores sociales se derrumben necesita de mucho más Estado del que quiso imaginar.

El esfuerzo del PNUD en torno a cómo lograr que el comercio global sea beneficioso para la gente, realizado a comienzos de este siglo, ofrece elementos para describir el dilema. Su informe parte de una premisa teórica: “Al ampliar los mercados, facilitar la competencia, difundir los conocimientos, acercar las nuevas tecnologías y estimular las mejoras de productividad, el comercio puede fomentar el crecimiento económico, reducir la pobreza y conseguir mejores resultados en materia de desarrollo humano” (PNUD, 2003). Es cierto, el comercio global puede hacer todo eso (por ello negarlo de antemano no es precisamente una posición de izquierda), pero la cuestión es si realmente lo está haciendo y si en determinadas condiciones no puede también hacer lo contrario.

Dicho de otra forma, la alegre esperanza de propuestas como la inicial de Tony Blair en cuanto a que el comercio global hará automáticamente todas esas cosas que aumentarán el bienestar, diez años después ya no se sostienen. Ahora se sabe que el impacto sobre el bienestar depende, en buena medida, de cuales son las circunstancias en que tiene lugar el comercio global. Por ejemplo, en términos de relaciones entre Norte y Sur, el informe del PNUD afirma: “El acceso a los mercados es importante para que los países en desarrollo puedan alcanzar un nivel que les permita competir en pie de igualdad. Sin embargo, tal cosa no basta. Los países en desarrollo obtienen menos beneficios del comercio que los países industriales, en parte por la caída de los precios de los productos básicos y en parte por su especialización en exportaciones de bajo valor añadido. También carecen de la posibilidad de compensar a quienes se ven perjudicados por la liberalización del comercio. Por el contrario, los países industriales se benefician mucho más del comercio y han desarrollado mecanismos que les permiten hacer frente a las vulnerabilidades inducidas por la liberalización. Si se quiere atender a las necesidades del desarrollo humano, el régimen global de comercio tiene que reflejar esas diferencias con mayor seriedad y eficacia que en la actualidad”.

En breve: el comercio global hoy no esta haciendo eso y cabe preguntarse por que camino llegaría a hacerlo. Así las cosas, la izquierda tiene que encarar la globalización sin mistificaciones, tanto a escala nacional como propiamente global. Pero la información que se obtiene al respecto conduce a dos conclusiones básicas: 1) que rechazar la globalización económica sin distinguirla de las políticas neoliberales es la versión actual de confundir las maquinas con el capital que las produce; 2) en dirección opuesta, es completamente cierto que existe una gran diferencia entre los gobiernos de derecha que promueven la globalización desde una óptica neoliberal y los gobiernos de izquierda que se empeñan en cautelar la globalización, tratando de obtener sus ventajas y de compensar sus efectos negativos, en especial sobre los sectores más vulnerables. Esa diferencia es suficientemente importante (para la gente) cómo para se constituya en una tarea y un reto para la izquierda latinoamericana. Ciertamente, a nivel global no hay que esperar grandes logros inmediatos, pero también hay bastante trabajo por hacer: construir plataformas subregionales, alianzas políticas globales, etc.

(Dicho en breve, la globalización es un proceso estructural que dificilmente puede desconocerse, pero en el Informe del PNUD queda claro que actua de forma descarnada en los países del Sur: aquellos que tienen algo que aportar al mercado global mejoran su situación economica cuando se integran en este, pero en los que no tienen nada que ofrecer, la apertura al comercio global empeora su situación de una forma u otra).


1 comentario

  1. avatar
    Marcelo E. Magallón

    *Nota del autor: esta es una transcripción, con modificaciones menores, de una nota que yo escribí y envié por correo electrónico a don José. La coloco acá a fin de que las partes interesadas tengan acceso a la totalidad del intercambio. Marcelo.*

    > El free speech no está en las llamadas telefónicas, como creen en The Economist, su peor enemigo es la fusión creciente que pone todos los medios de comunicación en las mismas manos, y el poder económico-político que purga periodistas críticos [...]

    Don José, nuestro lenguaje no aduce del problema del inglés donde nadie sabe si la gente habla de libertad o de precio, entonces por favor no ensucie la discusión de esa manera.

    El título del artículo que ha dado pie a estos intercambios, “The meaning of free speech”, es un juego sugestivo de palabras que funciona en la lengua inglesa, pero que al tratar de llevarlo al español solo resulta de mal gusto. Existimos muchos de esos a quienes Vd. despectivamente llama de la “high tech” que creemos en y defendemos la libertad de expresión — sin importar que tan equivocadas puedan resultar las opiniones vertidas — y quienes tenemos una preocupación

    genuina y honesta por lo que va a suceder si se homogenizan las doctrinas de propiedad intelectual del mundo para bajarlas al nivel que tienen actualmente en los EE.UU. Y ninguno de nosotros necesitamos de nadie que nos haga el favor de tornar una lucha que ya de por sí es cuesta arriba en algo aún más difícil.

    > Creo que podríamos ganar mucho simplificando el lenguaje de la discusión, y perder mucho complicándolo. No es útil entonces culpar al otro de incomprensión de los conceptos del cero o el infinito, que serían la reserva de la élite.

    Perfecto. Dígame entonces cual es la lista de términos que Vd. considera adecuados para la discusión. Así nos podemos explicar mutuamente los conceptos necesarios doscientas veces en esos términos y

    en esos términos nada más. Y de paso esperdiciamos todo el tiempo que podríamos invertir en desarrollar soluciones.

    No se trata de crear exclusiones, se trata de poder *incluir* a más gente en la toma de desiciones *informadas*. Si viviésemos en una isla en la cual podemos producir todo y generar todo lo que requerimos, magnífico, podríamos poner la discusión en los términos que nosotros deseemos, pero en el momento que comenzamos a interactuar con otras personas y con otros grupos sociales tenemos que ser capaces de hablar en términos comunes a fin de *facilitar* la comunicación.

    > Cualquiera entiende que costo cero es lo mismo que gratis

    … y todos hemos aprendido desde la escuela que eso no existe. Incluso saltarnos la tapia del vecino para ir a apear mangos “gratis” tenía un costo.

    > pero yo dije claramente que viniendo de los intereses empresariales, el caso es como el del comerciante que me ofrece una unidad gratis si le compro una docena, y que entonces todos sabemos que el costo de esa unidad no es cero (gratis), sino que está incluido en lo que me cobra por el lote. Pero la intención del comerciante es hacerme creer en la gratuidad de su oferta, y esa era la del artículo de la señora González Campabadal.

    Doña Anabelle lamentablemente centró su artículo alrededor de la gratuitidad del servicio que brinda Skype. Yo no quiero ni pretendo tan siquiera comenzar a entender el modelo de negocios que utiliza Skype. Yo le puedo decir cómo ganan dinero ellos y también le puedo decir como es posible montar una infraestructura de telefonía que permita realizar llamadas internacionales con costos cercanos a cero. Lo que no puedo decirle es si el modelo de negocios montado alrededor de esas dos cosas es sostenible.

    El punto es — volviendo a nuestra realidad — que el ICE no tiene por que proveer un servicio completamente gratuito, eso no es sostenible, pero podría perfectamente proveer servicios de bajo costo que permitan al cliente acceder a otros servicios que no llevan asociados costos *extra*.

    > El lenguaje esotérico es un indicador y un agravante del cisma social, y puede ser que se fomente al propio, como cuando se nos habla de “tarifa plana” (seguro flat rate)

    Tarifa plana, tarifa única, tarifa fija, llámele como Vd. prefiera, lo que se desea expresar es un servicio prestado a un costo fijo, independientemente del volumen del información transado.

    Lo *importante* y lo *relevante* es que es técnicamente posible prestar ese tipo de servicio.

    > “comunicación virtual, arquitectura de protocolos TCP/IP, infraestructura TCP/IP, operador como una entidad organizacional que administra redes de telecomunicaciones en una área geográfica dada”, etc. Claro que esta es la jerga de la clase económica que convive con esa tecnología, toda importada;

    No estoy siquiera seguro de que cosa está tratando de sugerir. ¿Deberíamos entonces desarrollar un método de comunicaciones sui generis y “exportarlo” a fin de poder comunicarnos con el resto del mundo?

    > a nosotros nos cabe en la cabeza pensar que la tele por cable no cobre “tarifa plana” porque no tenemos tele por cable.

    Entonces piense en el periódico que quizás compra todos los días. Que compre el periódico no quiere decir que Vd. va a leer absolutamente toda la información contenida en el mismo. Vd. lee las partes que a Vd. le interesan. Vd. no paga más si lee más, ni paga menos si lee menos.

    E independientemente si Vd. tiene una o no, las empresas como la Nación y la República ofrecen suscripciones a los diarios por un costo

    ligeramente inferior al del periódico comprado todos los días al pregón. En ese caso Vd. pagaría por el servicio de recibir el periódico todos los días, no por el hecho de leerlo.

    La diferencia con el acceso a Internet es que ahora el servicio de entrega se desacopla de la información entregada. El proveedor es solo un proveedor de acceso, no un proveedor de información.

    Dicho de otra forma: Vd. con seguridad ha enviado en algún momento de su vida una carta. ¿Por qué es necesario pagar por cada carta individual? ¿por qué no puedo suscribir el servicio de entrega de cartas a cualquier parte del mundo? Porque la carta, siendo una cosa con masa y volumen, requiere de energía y espacio para ser transportada, y no es lo mismo transportar una que un millón.

    Y sí, concedo el hecho que no todo el mundo tiene televisión por cable y tampoco acceso a electricidad o a una vivienda digna, y para el caso, hoy enfrentamos una situación de gran inequidad social que es donde radica el meollo del problema a resolver. Y este punto lo había mencionado ya en el mensaje anterior.

    > Igual que no sabemos hacia dónde están “migrando” los proveedores de servicios. Ojalá no tengamos que migrar nosotros, ni presenciar el horror de otra revolución, provocada por el empecinamiento prepotente.

    ¿Perdón? ¿Empecinamiento prepotente? ¿Hacer alarde del encaprichamiento y la obstinación? ¿Cuáles caprichos? Pretender darnos formas más baratas para comunicarnos no es ningún capricho. Querer que todos tengamos mejores medios para comunicarnos no es hacer

    alarde de poder alguno.

    > Pero a veces el lenguaje esotérico se emplea para aparentar sabiduría, como en este ejemplo que nos da Bertrand Russell en Portraits of Memory: “los seres humanos están completamente libres de moldes indeseables de conducta solo cuando ciertos requisitos, que no se cumplen excepto en un pequeño número de casos, han coincidido, a través de algún concurso fortuito de circunstancias favorables, ya sean congénitas o ambientales, para combinarse y producir un individuo en el cual muchos factores se desvían de la norma en una forma especialmente ventajosa”. Que él propone sustituir por este otro “todos los hombres son pillos, o casi todos. Los que no lo son deben haber tenido mucha suerte en su nacimiento o su crianza.”.

    Y a veces las citas al azar de textos de otros autores se utilizan para aparentar entendimiento.

    > En otro reciente artículo de periódico, un profesional en telecomunicaciones nos dice que “el problema con la arquitectura TCP/IP para los operadores de telecomunicaciones es que también permite a terceros ofrecer servicios virtuales sin haber construido la red ni pagado las garantías de calidad supervisadas por un ente regulador”. Esto es también lenguaje esotérico, dirigido supuestamente a los lectores del periódico, que tenemos derecho entonces a una interpretación.

    “el suscriptor se puede convertir en productor sin requerir consentimiento de quien opera la ‘imprenta’”

    No sé a cual artículo hace referencia, pero concuerdo con que el lenguaje del texto citado es innecesariamente complejo. Pero note que eso es endémico de muchos autores de columnas de opinión en este país (Armando Vargas salta immediatamente a la memoria, quién en su último artículo acá en TD iba muy bien hasta el punto donde no se resistió a la tentación de referirse a un “nudo gordiano” en lugar de simplemente decir que es un problema que *en apariencia* no tiene solución — probablemente la referencia hizo eco en gran cantidad de lectores de La Nación, dada la realidad de nuestra “vía costarricense” de no incluir mitología greco-romana en los currículos de secundaria).

    > Y aquí es donde la chancha tuerce el rabo, porque el elitismo de la actitud privatizadora y el esnobismo de la high tech no toman en cuenta el número de personas que se benefician o se perjudican, ni la prioridad de los problemas

    Volvamos a la realidad, o si eso no es posible, al menos al tema.

    * En setiembre “The Economist” publica un artículo que trata de explicar por qué una empresa que “regala” el servicio que provee es una a la cual hay que ponerle cuidado y que muy probablemente resulte ser una de las que obtenga mayores ganancias en un futuro muy cercano. El artículo examina en particular un detalle relevante — desde el punto de vista económico — cual es que las compañías que ofrecen servicios de telefonía convencional pueden verse significativamente afectadas por la existencia de esta “nueva” modalidad. The Economist propone una tesis que desde mi punto de vista es correcta: aceptar o morir, esto por supuesto en referencia a las compañías afectadas. The Economist también explora tímidamente una faceta poco mencionada en las discusiones posteriores: ¿qué pasa si Skype llega a ser tan exitoso como se lo propone y se convierte en el *único* proveedor de telefonía del mundo?

    * Pocos días después comienzan a aparecer una serie de artículos de opinión y noticias en los diarios nacionales. Para los que tienen la memoria flaca, ejecutivos del ICE — don Pablo Cob, me atrevo a afirmar, más es posible que la memoria me engañe — habían dicho hace más o menos dos años, y lo reiteraron hace uno, que la “telefonía” sobre Internet era *ilegal*. Sí, así, de esa forma: ilegal. La razón: una lectura muy torcida de la constitución política (121-14.c). Por esto alguna gente, doña Anabelle entre estas, se guinda del artículo en The Economist para sentenciar respecto a una futura muerte del ICE o al menos la del monopolio de telecomunicaciones.

    * El 2 de octubre en un reportaje en La Nación Pablo Cob dice que es una locura tratar de bloquear la utilización de “llamadas por internet”. Por su lado el gerente de RACSA — en una actitud típica de esa compañía, la cual *si* *es* prepotente — dijo que ellos condicionarán el uso de esta tecnología a que no se transfieran llamadas de computadoras a teléfonos.

    * Por ahí del 13 de octubre Vd. recurre a la chota para cuestionar la posibilidad de que algo tan común como una llamada telefónica pueda realmente a futuro carecer de costo. Yo trato de explicarle que no carece de costo sino que el costo está en otro lugar. Vd. con razón también señala problemas de exclusión en razón de brecha digital … perdón, términos … en razón de que por un lado un sector importante de la población no tiene acceso a cierto tipo de tecnologías y servicios asociados con comunicaciones, y por otro, aún teniendo acceso a dichas tecnologías existe también el problema de analfabetismo informático… hmm… el problema de que muchas personas, aún teniendo acceso a la tecnología de esta clase no saben como emplearla. El segundo problema se puede resolver fácilmente y efectivamente está resuelto. Es lo que le dije también: para el usuario, si se ve como un teléfono convencional y se utiliza como un teléfono convencional, entonces es un teléfono convencional. El primer problema es más difícil pero es uno que un gobierno podría resolver proveiendo a los cuidadanos con las condiciones adecuadas de educación y empleo.

    > ¿Cuántas y quiënes en Arabia, en el Congo Belga, en la Cochinchina,,, o en Costa Rica? Cuántas tienen aquí televisión por cable y dónde viven? El “invento del diablo” no es el tecepipe, sino la terquedad de imponernos el TLC de doña Anabel sin atención a los perdedores (junto con extremos peores que el monopolio privado eventual de las telecomunicaciones, como convertirnos en una factoría exportadora, el monopolio de la propiedad intelectual, la imposición de su extensión, o la ignorancia absoluta del problema de la seguridad alimentaria).

    TCP/IP no tiene absolutamente nada que ver ni con el CAFTA ni con monopolios ni con propiedad intelectual ni exclusión ni con nada de eso, entonces no gana nada satanizándolo. Menciono esto por cuanto este es el tema que nos trajo hasta acá. Con o sin CAFTA, VoIP es una cosa que el ICE tiene que considerar. Puede que llegue el día en que Costa Rica sea el *primer país del mundo* en otorga llamadas nacionales e internacionales a todos sus habitantes en forma “gratuita”. *Yo* puedo imaginar eso, pero tal cosa requeriría de un cambio sustancial en la actitud y “visión” de quienes toman las desiciones en este país.

    Aún suponiendo que se hiciese una apertura tonta y a lo bestia, eso no quiere decir que una sola compañía privada sería la que brindara los servicios de telecomunicaciones en el país. Eso es de hecho altamente improbable. Lo que si es muy probable es que si se hace una apertura tonta y a lo bestia perdamos la telefonía rural, y eso es algo que a lo que hay que estar muy atento, y aún más ahora con la ley de modernización del ICE enterrada.

    > Según yo entiendo el ICE subsidia los teléfonos de alambres aquí, y no hay ninguna garantía de que eso se seguirá haciendo con el esquema propuesto por la élite.

    El ICE subsidia la telefonía rural (llamar de Talamanca a San José cuesta lo mismo que llamar de San Ramón a San José, aún cuando los costos en el primer caso son muchísimo más altos). Entiendo que el subsidio se da mediante las tarifas de telefonía internacional, pero no tengo ningún documento en mis manos que permita probar tal afirmación. Para tal cosa sería necesario un informe de costos de operación vs facturación del ICE.

    Marcelo E. Magallón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>