No sé por qué (aunque a lo mejor sí sé por qué), se ha desatado una campaña contra las manifestaciones y desfiles callejeros, que han sido, desde que el mundo es mundo, la manera de protestar que tiene la gente que no forma parte de los organismos sesudos a cuyo cargo está la solución de los problemas, y sobre cuya capacidad, siempre, pero siempre, han existido dudas, no todas justas.
Buena parte de mi adolescencia y juventud la pasé en las calles, protestando contra los dictadores centro y sudamericanos de entonces, o contra proyectos de ley que no nos gustaban.
La policía nos “voló cincha” cuando desfilamos en 1938 contra un tratado de límites con Panamá que había firmado el gobierno de León Cortés, y que terminó por ser retirado del Congreso, sustituido, dos años después, por el que firmó el gobierno de Calderón Guardia, que no era muy diferente del anterior, pero contra ese no desfilamos.
Desfilamos en 1941 contra el contrato que consolidó a la Bond & Share como la dueña de nuestra luz y nuestros teléfonos, y fracasamos. Y desfilamos en 1943 contra el proyecto de quitarles a las mesas electorales el derecho de contar los votos, para traspasárselo… ¡a los diputados! Y esa vez logramos derrotar el proyecto, mientras la prensa adicta al gobierno predicaba que podíamos poner en peligro la propiedad privada y los derechos de los transeúntes. Esto, aunque, como dirían los oráculos de hoy, el proyecto lo estaban aprobando los llamados constitucionalmente a hacerlo, que eran los diputados y no los estudiantes. Pero el desfile callejero estudiantil logró detener el atentado. Los estudiantes de 1970 desfilaron contra el contrato de Alcoa (último contrato-ley que conoció Costa Rica), y fracasaron. Pero sintieron que cumplían con su deber.
Resistencia civil, desobediencia, llamen ustedes como quieran lo que predicó en su inmortal libro Henry David Thoreau, y lo que practicó Gandhi, que interrumpía el paso de los trenes acostando gente en la vía, hasta que logró la independencia de su Patria. Por supuesto, los ingleses subrayaban que había más gente esperando los trenes que acostada en la vía, pero eso no impidió que las encuestas mundiales de 1999 señalaran a Gandhi, junto con Einstein, como uno de los dos hombres más grandes del siglo XX.
Me extraña que muchos que se han esmerado durante décadas en subrayar la baja calidad intelectual y hasta moral de los diputados que nuestro pueblo elige, ahora se empeñen en sostener que los diputados son soberanos y que no procede hacer barra ni desfilar contra ellos… presumiblemente cuando simpatizan con una tesis que nosotros sostenemos.
Se ha anunciado que habrá desfiles de protesta contra el TLC. Es inevitable que los haya. También los habrá en favor, si de pronto aparece una mayoría de diputados dispuesta a reventarlo. Y tanto unas como las otras dificultarán el tránsito y causarán que alguien llegue tarde a una cita. Es inevitable. Es parte de la vida pública, parte de la vida democrática. La democracia no es solo respetar lo que hacen las autoridades elegidas (por ejemplo cuando prohíben la reelección presidencial mediante la votación que la Constitución Política contempla), sino también alzarse cuando no cumplen con su deber.
¡Qué problema! Sigo creyendo en la utilidad de los herejes.
(La República)
Alberto F. Cañas | 26 de Octubre 2005


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